Segundas Oportunidades

por Felipe Benemelis

La vida suele ser cruel con los sueños y pasiones; pero a veces uno logra coronar un peón, obtiene una segunda oportunidad para equilibrar la partida y recobra la ilusión en el triunfo. 

Aprendí a jugar al ajedrez en el seno de mi familia, descubriendo así los rudimentos de este apasionante juego. Luego, en la escuela, continué jugando; primero con mis compañeros y más tarde participando en torneos y competencias estudiantiles.

Pasó el tiempo y la vida me llevó por otros caminos, apartándome de los trebejos. Me dediqué al arte, concentrándome en esta disciplina. Jugaba a los escaques con amigos y conocidos de manera esporádica, reavivando así el entusiasmo y el amor que sentía por aquello. Cada tanto recordaba también mi secreto deseo de ser un gran ajedrecista, de convertirme en una figura importante y de renombre. Y sentía nostalgia, mucha. Posteriormente abandoné mi país muy joven, buscando nuevos horizontes y retos; viviendo en diferentes países y dejando completamente de lado mi pasión por los gambitos. Al ser inmigrante me vi obligado a concentrarme en tareas más «mundanas». Trabajé en bares, en la construcción y en todo aquello que me pagase un techo y un plato de comida.

Finalmente, en Madrid, me establecí como profesor de dibujo y pintura para una academia privada. Allí, un amigo me retó a una partida y al ver mi nivel de juego me sugirió inscribirme en su club. Comencé a jugar en un campeonato y rescaté mi fervor por los jaques mates; aunque pronto me di cuenta de que aquello era serio. El nivel era alto y si quería lograr al menos divertirme jugando debía prepararme y dedicarle un tiempo que no poseía. Mis prioridades eran otras y al cabo de unos meses, no sin dolor, tuve que abandonar y dar paso a cuestiones más concretas. De ahí en más, viví enojado con el ajedrez. Mi ira me hizo prometerme no jugar nunca más a aquel estúpido juego; enterrando mi amor por él en lo más profundo de mi ser.

Por cuestiones personales la vida me trajo al Uruguay. Comencé de cero con trabajos inestables, precarios y completamente apartados de mis aspiraciones como persona. En un momento mi situación llegó a ser desesperada y por azares del destino un conocido me habló de un club de ajedrez abierto a todos. Me dije que no tenía nada que perder y que necesitaba despejar la mente de mis problemas diarios. Dejé de lado mi odio, acudí y lo cierto es que fue una buena decisión. Conocí gente interesante, con intereses afines a los míos y que me acogieron como a uno más. Pasado un tiempo y debido a mi experiencia en la docencia, alguien de allí me ofreció dar clases de ajedrez para niños y adolescentes. Mi situación financiera era crítica en ese período y para mí fue una luz bajada del cielo. «El ajedrez te va a salvar» me dijo. Y así fue. 

En un principio estaba asustado, no creía estar a la altura y no me veía capaz de desempeñar semejante labor. Además, tenía una idea completamente errada del enfoque pedagógico. Mi percepción se enfocaba en el ajedrez de competición, en los áridos manuales de aperturas y finales, en soporíferos análisis de partidas clásicas y en un fatigante estudio de tácticas y estrategias. No podía estar más equivocado. Descubrí un mundo diferente, planteado desde lo didáctico, lo vincular y lo instructivo. La idea era en esencia divertirse, aprender a relacionarse y transmitir una instrucción usando el ajedrez como excusa. Trabajar conceptos como el respeto, el temple y la integración. Potenciar la concentración, la planificación y la toma de decisiones. Enriquecer y estimular la inteligencia, la imaginación, la intuición y la creatividad. Todas ellas capacidades fundamentales para la evolución interior del individuo. Sencillamente no había pensado en el enorme valor como herramienta educativa que es este juego. 

Captado el concepto, eché mano de mi experiencia como profesor de dibujo. Me di cuenta que desde mi visión artística tenía muchísimo para aportar. Dibujar, narrar o leer se volvieron moneda común en mis clases. Lo lúdico y ameno pasaron a ser parte de mis objetivos primarios sin olvidar, obviamente, al ajedrez como juego en sí. Comencé a trabajar en un colegio privado al mismo tiempo que en instituciones enclavadas en las zonas más desfavorecidas; dedicadas al rescate e inserción de chicos y adolescentes muy golpeados por la vida. Y viendo el contraste tan fuerte de ambas realidades descubrí que el talento y las capacidades intelectuales pueden florecer en cualquier lugar. No quiere decir esto que un pensamiento elevado puede ser encontrado en cualquiera, sino que este puede provenir de cualquier lugar; incluso de los menos esperados. Y que si a cada cual se le otorga su espacio y oportunidad (como en el ajedrez) seguramente veremos grandes resultados.

No diré que es una tarea fácil, a menudo puede ser frustrante. No siempre es agradable y muchas veces el rechazo o el desinterés ponen a prueba mi paciencia y motivación. Pero luego me digo que para obtener resultados hay que ser tenaz y perseverante; que los resultados bien valen la pena. Entonces sonrío y continúo. 

Tardé mucho en entender algo sobre mí. Antes, cuando jugaba al ajedrez quería ser el mejor y el más inteligente. Quería destacar. Pero con esta segunda oportunidad de la vida comprendí que prefiero, como un peón, ser útil antes que importante. 

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